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ARRIBAREN VOLANT…

“Dio la luz de la entrada, colgó el abrigo en el perchero, cambió la chaqueta de su traje por una de punto, más cómoda, para estar en casa, y, quitados los zapatos, que dejó cerca de la entreabierta ventana para que respirasen, calzó sus zapatillas y se dispuso a leer un rato acompañado de una música elegida al azar y reproducida justa de volumen. No se trataba de escucharla, sólo de oírla.

Antes de comenzar su lectura, desde la cómoda butaca repasó la sala, respiró su confort, se sintió satisfecho y seguro, y procedió a abrir el libro.
Ya se acordaba, el personaje de su lectura procedería ahora a lo mismo si no recordaba mal. Comenzó su lectura: “El libro que tenía entre las manos relataba la historia de un hombre que siempre había negado la posibilidad de existencia de eso que tantos otros daban en llamar destino. Para él, la consideración de la simple posiblidad de su existencia era como mermar la vida del hombre, secuestrarle su protagonismo, anularle su libertad, borrarle el sentido de la responsabilidad, hacer inútiles e innecesarias las más dignas y admirables capacidades del ser humano”. Paraba en este punto aquel personaje y el del libro, a considerar el contenido de su lectura, y paró también él a lo mismo.
Fueron unos minutos en que, con el libro entreabierto en su mano derecha, de la que el dedo índice hacía de marcapágina, descansando sobre sus muslos y con la mano izquierda jugueteando con sus cabellos, confirmó silenciosamente, y frase a frase, su acuerdo con el párrafo leído, e incluso comprobó una vez más cómo, a él, la idea del destino llegaba a irritarle, casi a enfurecerle. Paseó su mirada sobre el breve descanso del personaje, sobre su mesar los cabellos, sobre su irritación ante la posible aceptación del destino como realidad esencial del vivir humano y continuó con su lectura: “El destino se adueña, se hace, en quienes en él creen y lo aceptan, en los que no se viven y simplemente se dejan vivir, casi como los vegetales, peor que estos, pues no tienen reacción ninguna ante nada, ya que, para ellos, todo es destino”. Abandonó el libro. Se había alterado. Todas esas teorías sobre el destino no eran otra cosa que un largo intento de resignar al hombre frente a lo peor de él mismo y de los poderosos. Siempre se hablaba del destino en casos de adversidad. Cuando alguien luchaba por conseguir algo mejor para él y los suyos y lo lograba, eso no era destino, eso era justo fruto del esfuerzo. Pero el fracaso, la desgracia, la injusticia, la fatalidad, siempre eran cosas del destino. Nada que hacer. Resignación. Siempre había sido y sería así. Eran “cosas del destino”.
De repente, sonó el timbre de la puerta. No esperaba a nadie. No se tenía por destino de nadie. No obstante, abrió. Un hombre de su misma edad le sonrió y a su “¿sí?” se le presentó con un “soy su destino”. Comenzó a dudar de su cordura. Pero, puesto que lo consideraba una alucinación y no creía en fantasmas, le invitó a pasar.
-No creo que usted sea mi destino, pero usted dirá.
-Verá -comenzó a decirle aquel hombre-, en realidad soy un destino vacante…”
(fragment pàg. 59-61 del text Destino vacante
  (més)

Milers de gràcies, JUAN!

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