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ANA… CARLOS…

La buena letra se publicó en 1992, Los disparos del cazador en 1994. Fuero nescritas a rebufo del ajetreo del dinero fácil en una España que se preparaba para las grandes celebraciones del 92…
Por aquellos días en los que los valores se invirtieron bruscamente, tenía la impresión de que no sabía quién era yo, ni en qué se habían convertido los demás. Escribí este díptico que ahora aparece con el título de Pecados originales, para volver a encontrarme, porque tenía mucho miedo de hacerme daño, o de que me hicieran daño, o de hacer daño. Lo escribí por la misma razón por la que he seguido escribiendo novelas otros veinte años.
Rafael Chirbes
Beniarbeig, 27 de junio de 2013
 
 http://www.anagrama-ed.es/titulo/OVT_41“Intento levantarme con su ayuda, pero no lo consigo. He caído de lado y la pierna pende como muerta, aunque el dolor inicial del golpe desaparece lentamente. “No hay que dejar que se enfríe”, dice él, “sería peor.” Le pido que acuda al pueblo en busca de ayuda, pero se niega. “Cójase al cuello”, me ordena. Y durante tres largas horas escucho el silbido de sus botas sobre la tierra helada, noto el sudor de su nuca en mi cara, oigo su respiración jadeante como si sustituyera a la mía, y pienso: “Sus piernas son las mías, sus pulmonenes son los míos, suda por mí”, y siento vergüenza de verme así llevado, inútil, y también una inmensa gratitud. Es la primera vez desde los lejanos tiempos de mi infancia en que el roce con otra piel, y el sudor, y el ritmo de la respiración que se transmite en el estrecho contacto de los cuerpos no nacen de un impulso sexual.
De vez en cuando se detiene, y en cada parada se carga con una nueva culpa. Vuelve su cara sudorosa y me pide disculpas, como si tuviera miedo de mí […] A medida que avanzamos, se le vuelve más penosa la respiración, pero en ningún momento se me ocurre pensar que pueda vencerlo la fatiga. Sus pasos repiten el ritmo de una mano que mece una cuna y yo me adormezco. Ha emprezado a llover, me ayuda a ponerme la capucha, y vuelve a cargarme sobre sus espaladas. Mientras avanzamos bajo la lluvia, en medio del bosque que el invierno ha convertido en una monótona sucesión de ramas secas, me parece que dentro de mí no queda más calor que el que me transmite su nuca. Luego está sentado a mi lado en la ambulancia que me traslada al hospital y miro sus ojos y no soy capaz de leer nada en ellos.
Diez años más tarde se ha convertido en mi única compañía y me descubro escribiendo acerca de él en la madrugada.” (fragment pàg. 241-243 de Los disparos del cazador)
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