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de nom, MACABEA…

la hora de la estrella“Le parecía bueno estar triste. No desesperada, porque nunca había llegado a eso, ya que era tan modesta y simple, pero sí esa cosa indefinible, como si ella fuese romántica. Claro que era neurótica, ni siquiera hay que decirlo. Era una neurosis que la sustentaba… es que echaba en falta encontrarse consigo misma y sufrir un poco es un encuentro. El domingo se levantaba más temprano aún para estar más tiempo sin hacer nada. El peor momento de su vida era el fin de la tarde de ese día: caía en una meditación inquieta, el vacío del domingo estéril. Suspiraba. Tenía añoranzas de cuando era pequeña -comida vieja- y pensaba que había sido feliz. En verdad, por mala que sea, la infancia siempre está encantada, qué susto. Nunca se quejaba de nada, sabía que las cosas son como son y, ¿quién organizó la tierra de los hombres? Sin duda un día iba a merecer el cielo de los oblicuos, donde solo entra quien es torcido. Además, no es eso de entrar en el cielo, oblicuo se es en la propia tierra […] Se permitía un lujo, además de ir al cine una vez al mes: se pintaba de un rojo escarlata grosero las uñas. Pero como se las comía hasta la raíz, el rojo chillón desaparecía enseguida y empezaba a verse la línea negra que había debajo. ¿Y cuando se despertaba? Cuando se despertaba ya no sabía quién era. Un poco más tarde pensaba con satisfacción: soy mecanógrafa y virgen, me gusta la Coca-Cola. En ese momento se vestía de sí misma, pasaba el resto del día representando con obediencia el papel de ser. ¿Lograría enriquecer este relato si usase algunos términos técnicos difíciles? Pero ahí está: esta historia no tiene nadda de técnica, ni de estilo, es a la buena de Dios. Yo tampoco mancharía, por nada del mundo, con palabras brillantes y falsas una vida parca como la de la mecanógrafa. Durante el día, como todos, hago gestos que me pasan desapercibidos a mí mismo. Pues uno de los gestos más desapercibidos es este relato del que no tengo culpa y que sale como quiere. La mecanógrafa vivía en una especie de nimbo aturdido, entre el cielo y el infierno. Nunca había pensado “yo soy yo”. Creo que se consideraba sin derecho, ella era un azar. Un feto abandonado en un cubo de la basura, envuelto en un periódico. ¿Hay millares como ella? Sí, y que apenas son un azar. Pensándolo bien: ¿quién no es una zar en la vida? ” (fragment pàg. 38-40)

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