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DES DE L’EXILI…

http://www.alfaguara.com/es/libro/muertes-de-perro-1/” A Tadeo, nada les espantaba, nada parecía sorprenderle, bueno o malo, fausto o infausto. Sujeto imperturbable, no hay cosa que lo inmute; y podría creerse, si no enseñara a veces la oreja de su astucia palurda bajo esa cubierta de apatía, que eran las virtudes del estoicismo las que lo mantenían ecuánime, siquiera en lo externo. ¡Qué Tadeo Requena! Ahora el hombre ya no existe: lástima no haber reparado más en él, y haberlo observado mejor, cuando vivía. Pero ¡cualquiera adivina!…

Mientras callaba y callaba, ahí lo tenemos tan aplicado a sus memori. Va contando los pasos, uno por uno, de su festinadísima carrera. Con la mayor naturalidad, recibe un nombramiento y disfruta un sueldo de oficial segundo, temporero, para subvenir, explica, a los gastos de sus estudios, sin otro trabajo que el de ir a firmar la nómina cada fin de mes. Enseguida -sí, enseguida- obtiene, solo Dios y Luisito Rosales saben cómo, el diploma de doctor en Derechoi y Ciencias Sociales para, sin pérdida de tiempo, asumir el cargo de secretario particular de su excelencia, e instalarse en el Palacio Nacional, de modo que siempre lo tuviera a mano el jefe en cualquier prisa. Todo esto, son para él meros decretos de la fortuna, cuyos gratuitos dones acepta sin pestañear […] Instalado ya como secretario, hosquedad, pocas palabras y ceño adusto constituyen su parapeto defensivo. Jamás descubre los flancos de su cortedad, de su mal remediada ignorancia. Se encierra en cautelsos silencio y da órdenes perentorias, transmite instrucciones, omite juicios. Mientras tanto, observa, escucha, toma no ta de cuanto ocurre, y, sobre todo, escribe, escribe, escribe… En el secreto de sus memorias desliza aquellos comentarios (expresos rara vez, con mayor frecuencia implícitos) que jamás se hubiera aventurado a formular de viva voz.

Bajo su manto de habitual frialdad, lo vemos describir, por ejemplo, con fruición perceptible, pero al mismo tiempo con ojo crítico, las incidencias de la primera celebración de la Fiesta Nacianal a que hubo de asistir en el séquito de su excelencia. Se recrea en precisar  el orden de la comitiva, la variedad de los informes, los distintos pasos y ceremonias, el aspecto de la concurrencia. Verse dentro de la tribuna presidencial durante la parada es motivo para él, aunque quiera disimulárleso a sí mismo, de desmesurada satisfacción. Fue entonces cuando se le vino a las mientes la broma aquella del gallego Luna, quien, aludiendo a su parecido físico con Bocanegra, le había pronosticado una vez -él lo da como pronóstico- que las tropas lo saludarían al paso. “Claro -reflexiona- que en la presente ocasión el saludo no iba dirigido todavía a mé en particular, sino a cuanto representaba la tribuna, embanderada, adornada de gallardetes y escudos, y sobre todo al jefe, que inmóvil como una estatua, ocupaba el centro de la primera fila, entre el arzobispo y el ministro de la Guerra, ese pobre general Malagarriga, tan ajeno a que sería su última fiesta patria. Detrás se alineaban todos los demás ministros del Gobierno, y, luego, sin guardar ya precedencia jerárgica, los otros funcionarios superiores de la casa preseidencial, entre los cuales ocupaba yo, por cierto, un lugar destacado.”

(fragment pàg. 50-52)

http://ca.wikipedia.org/wiki/Francisco_Ayala_Garc%C3%ADa-DuarteFrancisco Ayala

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