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NEGRA…

http://editorialcirculorojo.com/adagio-123/“En cierto modo, a pesar de ese afán suyo por resaltar el encanto natural, a Arnáiz lo tenía bien calado. “es un viejo verde disfrazado de caballero”, nos decía en un aparte, cuando Feli no estaba presente. Le sulfuraba que un hombre casado, con hijos, y para colmo de males, superior de su marido, pudiera insinuarse a la esposa de uno de los subordinados de una manera tan descarada. Pero tu madre, a pesar de la irritación, no sólo sabía disimular con aplomo de artista, además disfrutaba siguiéndole la corriente por un rato, hasta que la cosa empezaba a salirse de madre y le daba un corte.

Pero no sé cómo te estoy contando todo esto del comisario si en realidad quería hablarte de Potes. Hasta donde yo sé, él no está metido en el ajo, aunque sea el segundo de a bordo en la comisaría de Usera; el tiempo lo dirá. Pese a todo, por cuanto da a entender, no abiertamente del todo, el muy pillo debe estar al corriente de los negocios sucios de su superior. No se reprimió a la hora de admitir que esas asiduas idas y venidas de tu padre por la Comisaría le hacían sospechar lo indecible, como también las llamadas telefónicas casi a diario, de las cuales quedaba constancia en el registro. Yo me sinceré con él -pues tengo confianza total en su integridad como para saber que llegado el día de declarar, pondrá al descubierto las actividadees delictivas de Arnáiz, hasta reconocerle que algunos peces más gordos que el propio Comisario, también podrían terminar con sus huesos en el trullo.

No me vayas a poner ahora esa cara de enojo por todo cuanto te digo, ¡como si tu padre hubiera sido una hermanita de la caridad! Él y yo nos dejamos arrastrar sin remisión hacia el abismo y ahora ya es demasiado tarde para rectificar. Tal vez debí porfiar más para convencerle del disparate de aceptar el trato con Arnáiz; sí, es verdad, pero él se mostraba ególatra, incapaz de escuchar cuantos razonamientos le dirigía, limitándose a decirme que si no lo veía claro, era muy libre de abandonar cuando quisiera. Yo le replicaba con el disparate de una medida tan drástica; muy capaz eran sus secuaces o el propio Comisario de hacernos desaparecer en medio de los Monegros, como habían hecho antes con el auténtico Fidel, a fin de evitar testigos incómodos. Entonces, porfioso, él me decía que no me preocupara por eso, pues nadie me iba a poner la mano encima mientras viviera él para evitarlo. Ahí se zanjaba la disputa, y adiós muy buenas.”  

(fragment pàg. 99-100)
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